El Super Bowl LX comenzó mucho antes del domingo del partido y se extendió más allá del confeti, al convertir al norte de California en el epicentro de una semana marcada por el lujo, el exceso y la congestión, con la llegada anticipada de miles de aficionados y visitantes de alto poder adquisitivo que arribaron en jets privados y colapsaron carreteras y aeropuertos para presenciar el duelo entre Seahawks y Patriots en el Levi’s Stadium.
Desde días previos al encuentro, el Área de la Bahía experimentó una presión inédita en su infraestructura urbana. San Francisco, que ya se posiciona como la segunda ciudad con mayor tráfico vehicular en Estados Unidos, sólo por detrás de Los Ángeles y superando a Nueva York, registró niveles de congestión extrema. A este escenario se sumó una intensa actividad aérea, con una oleada de vuelos privados que aterrizaron en los aeropuertos de San Francisco, Oakland y San José, transportando a visitantes VIP que planearon su estancia en torno al evento deportivo.

El acceso al Levi’s Stadium representó la primera gran barrera económica para los asistentes. El boleto más barato en reventa alcanzó alrededor de 4.000 dólares, mientras que los asientos a nivel de campo multiplicaron esa cifra por diez. Las 174 suites del estadio, cuyo costo en temporada regular puede rondar los 40.000 dólares, registraron precios récord que llegaron hasta los 3 millones de dólares desde mayo de 2025, reflejando la magnitud del evento y la demanda de espacios exclusivos.
A una década del último Super Bowl celebrado en el Área de la Bahía, el estadio fue renovado con una inversión de 200 millones de dólares, transformación que redefinió la experiencia de hospitalidad. El concepto dejó de limitarse a una ubicación privilegiada y artículos conmemorativos, para dar paso a una oferta integral de lujo que se extendió más allá del recinto deportivo.

Los paquetes previos al Super Bowl LX confirmaron esta tendencia. Entre las experiencias ofrecidas se incluyeron rondas de golf en Pebble Beach, cenas inspiradas en Tiger Woods, catas privadas en Napa Valley y conciertos en vivo de The Killers. Los precios de estos paquetes comenzaron en 6.500 dólares y alcanzaron hasta 34.500, mientras que las opciones más exclusivas se agotaron meses antes del evento.
Dentro del estadio, la oferta gastronómica se alineó con el perfil de alto poder adquisitivo de los asistentes. El menú incluyó tequila de 600 dólares, hamburguesas de 500 dólares y platos de caviar con gravlax por 2.250. Algunos asistentes tuvieron acceso al campo de juego para brindar con champán al final del partido, siempre que estuvieran dispuestos a pagar más de 70.000 dólares por boletos de hospitalidad premium, sin considerar costos adicionales de hospedaje o experiencias complementarias.
El espacio aéreo también se convirtió en parte del espectáculo. Durante el Super Bowl anterior, cerca de 800 aviones privados aterrizaron en Nueva Orleans. Para esta edición, se previó una cifra mayor en la Bahía. Monarch Air Group reportó vuelos completos provenientes de Fort Lauderdale y la costa Este, con jets Gulfstream G650 de 15 plazas cuyo costo por viaje redondo osciló entre 80.000 y 100.000 dólares.

Desde Seattle, el trayecto fue más corto y menos costoso. Algunos aficionados optaron por alquilar aeronaves Phenom 300 con tarifas de entre 15.000 y 20.000 dólares. Otros decidieron convertir el traslado en una celebración aérea, decorando las cabinas con los colores de los Patriots o los Seahawks y ofreciendo menús preparados por chefs con estrellas Michelin durante el vuelo.
On Location, socio oficial de la NFL, ofreció estancias de cuatro noches cerca de Pebble Beach que incluyeron golf, recepciones privadas y menús de inspiración mexicana, con taquitos de costilla incluidos. La oferta se complementó con recorridos exclusivos por bodegas de Napa Valley y suites de regalos comparables a las entregadas en ceremonias como los Globos de Oro o los premios Oscar.
Además, se pusieron a disposición paquetes por equipo, con precios que oscilaron entre 8.105 y 28.455 dólares por persona. Estas opciones incluyeron hospedaje en hoteles de lujo como el Fairmont San Francisco, así como espectáculos privados y conciertos exclusivos, entre ellos presentaciones de Sting.
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