*El dilema no es Maduro sí o Maduro no. Ese debate está agotado. El dilema es quién decide y cómo. Si el futuro de Venezuela se define desde un tuit presidencial en Florida o desde las urnas —libres, verificables, soberanas— de los venezolanos.
por Enrique Hernández Alcázar
Para creer que la detención de Nicolás Maduro responde estrictamente a una cruzada antidrogas, habría que practicar una amnesia selectiva de alto rendimiento. La misma que permite olvidar que Donald Trump indultó a Juan Orlando Hernández, expresidente hondureño sentenciado por narcotráfico. La misma que convierte la justicia internacional en un comodín ideológico: se invoca cuando conviene y se archiva cuando estorba.
Para creer que el golpe a la dictadura venezolana se explica por su ilegitimidad democrática, habría que borrar de un plumazo el asalto al Capitolio de enero de 2021, incitado por el propio Trump tras su derrota electoral. La democracia, para el inquilino de Mar-a-Lago, nunca fue un principio: fue un instrumento. Y los instrumentos se usan o se tiran según la ocasión.
El tuit del señor del copete naranja fue elocuente y brutal en su simpleza performativa: anuncio de captura, expulsión, conferencia de prensa. Política exterior convertida en espectáculo. Justicia internacional reducida a comunicado de campaña. No hay tribunal, no hay proceso, no hay consenso multilateral. Hay relato. Y el relato, una vez más, lo escribe Washington.
Se puede ser anti-Maduro y anti-invasión gringa al mismo tiempo. No es una pirueta ideológica: es una posición ética mínima. Las bombas no preguntan quién es zurdo y quién es facho antes de destruir. Los misiles no distinguen entre verdugos y víctimas cuando atraviesan ciudades. Y la historia reciente ofrece un expediente contundente: ninguna intervención militar de Estados Unidos ha terminado bien. Ni en Irak, ni en Afganistán, ni en Libia: prometieron democracia y dejaron escombros, Estados fallidos y generaciones traumatizadas.
Que incluso voces de la ultraderecha europea –como Marine Le Pen– adviertan sobre la inviolabilidad de la soberanía debería encender todas las alarmas. No por quién lo dice, sino por lo que revela: el principio básico del orden internacional está siendo erosionado a plena luz del día: “Renunciar a este principio hoy para Venezuela, para cualquier Estado, equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana”, posteó Le Pen.
El dilema no es Maduro sí o Maduro no. Ese debate está agotado. El dilema es quién decide y cómo. Si el futuro de Venezuela se define desde un tuit presidencial en Florida o desde las urnas —libres, verificables, soberanas— de los venezolanos. Todo lo demás es propaganda con uniforme.
Trump y Maduro son dos caras de un mismo desprecio por la institucionalidad. Uno gobierna desde el autoritarismo tropical; el otro desde el caudillismo imperial con micrófono propio. Lo que sigue, si no hay contención, será más caos envuelto en banderas. Y otra vez, los que pagarán el precio no serán los dictadores ni los salvadores autoproclamados, sino la gente común atrapada entre la miseria y las bombas.
La salida no debería ser militar. La salida debería ser política. Y, sobre todo, tendría que ser venezolana.
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