*Una inauguración sin presidenta en la cancha donde Pelé fue inmortal, donde Maradona fue dios, donde México vivió sus dos Mundiales más luminosos. Una ausencia que pesa más que cualquier discurso que hubiera pronunciado.
por Enrique Hernández Alcázar
La escena está puesta. El Estadio Azteca, remodelado, bruñido, casi arrogante en su monumentalidad, espera el pitazo inaugural del Mundial 2026 como quien espera un trueno, una sacudida histórica. Un evento de Norteamérica -con todo y sus actuales tensiones- para el planeta entero.
Tres países anfitriones, una fiesta global, millones de ojos, cámaras, narradores, apuestas, memes listos para explotar en cuanto alguien respire fuera del guion. Es el escaparate perfecto para presumir modernidad, poder, estabilidad, liderazgo. Es el punto exacto donde cualquier Jefe de Estado -y, considero, más aún la primera presidenta en la historia del país- podría plantarse en el centro del campo y decirle al mundo: México está aquí y con rostro de mujer.
Y sin embargo, Claudia Sheinbaum prefirió no estar.
¿Por qué la primera presidenta de México no quiere hacer historia? ¿Por qué va a dejar plantada a la FIFA en el arranque del evento deportivo más visto del planeta? ¿Es el futbol demasiado fifí para la narrativa del “pueblo bueno”? ¿Le incomoda un palco repleto de mandatarios, empresarios y marquesinas globales donde el discurso social se ahoga entre etiquetas negras, trajes italianos y relojes que valen más que una colonia entera? ¿Será que temió el precio político de aparecer sonriendo mientras el costo promedio de un boleto para la inauguración supera el salario mensual de millones de mexicanos?
Sin respuesta a tantas preguntas, la única explicación que Sheinbaum Pardo ofreció desde su mañanera fue que prefirió regalarle su boleto preferencial, de cortesía pues, expedido expresamente por la FIFA para la titular del Poder Ejecutivo Federal de México, para una niña de origen indígena. Qué gran detalle. Plausible, simbólico. Pero… ¿esta afortunada niña la representará en el palco de honor?. ¿dirá algunas palabras en su lengua originaria para todo el mundo?, ¿lanzará un mensaje de empoderamiento de las niñas y las mujeres desde el corazón de nuestra cultura? Porque si no es así, el gesto quedará solo en anéctdota populista.
O quizá la respuesta es más primitiva, más emocional, más humana: miedo al abucheo.
Porque no hay palabra más corta y más filosa que esa. Un abucheo no se corrige, no se explica, no se negocia: se siente, te marca, queda para siempre en el registro público. Pregúntenle a Miguel de la Madrid en 1986, cuando el Azteca se convirtió en tribunal popular tras el terremoto del 85. Pregúntenle al fantasma político de Díaz Ordaz en 1968, inaugurando los Olímpicos con la sangre de Tlatelolco aún caliente en la memoria nacional. Un estadio lleno es un termómetro brutal. No perdona. No tiene diplomacia. Y cuando ruge, ruge para humillar.
Sheinbaum sabe eso. Su equipo también. Y tal vez -solo tal vez- la orden fue simple: evitar el riesgo. No tentar al demonio tricolor de la grada. No poner el prestigio presidencial a tiro de garganta. La FIFA invitó. México organizó. El mundo llegará. Y la máxima autoridad del país verá el kickoff desde lejos, quizá rodeada de asesores, quizá con un discurso alterno preparado para la prensa, quizá apostando a que el tema se diluya entre goles, escándalos arbitrales y VARs eternos.
Lo que queda es una estampa incompleta.
Una inauguración sin presidenta en la cancha donde Pelé fue inmortal, donde Maradona fue dios, donde México vivió sus dos Mundiales más luminosos. Una ausencia que pesa más que cualquier discurso que hubiera pronunciado. Una silla vacía en el palco que ni siquiera necesita placa para dejar constancia.
México vibra con y sin títulos, con y sin alegrías, con y sin memoria. Pero el futbol -ese rito de masas, esa religión laica, ese desahogo nacional de frustraciones y milagros improbables- era la oportunidad perfecta para que Sheinbaum se apropiara de un símbolo cultural que trasciende ideologías. Podía haber levantado la mano frente al planeta, podía haber sido la presidenta que pateó el balón inaugural, podía haber convertido la cancha en tribuna feminista global. Pero eligió no jugar.
Solo el tiempo, o alguna filtración -inevitable en estos tiempos- nos podría decir la verdad.
Mientras tanto, el Mundial arranca en 188 días. El Azteca ruge. Las cámaras giran. El balón rueda.Y en la fotografía oficial que recordaremos dentro de 20, 30 o 40 años -esa que se imprimirá en libros, documentales, especiales históricos- tendrá un vacío.
Sheinbaum se ausenta en donde debería mostrarse muy presidenta.
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