Pornocracia | Revolución sin fuego

*¿Cuánto aguanta el término revolución sin volverse cartón? ¿Puede haber revolución cuando el poder se hereda dentro de un mismo movimiento? ¿Qué tan revolucionario es un proyecto que desde el poder premia la lealtad antes que la disidencia?

por Enrique Hernández Alcázar

La palabra revolución cargó durante décadas el peso de un país entero. No era metáfora ni slogan: era pólvora, tierra, ferrocarriles incendiados, campesinos que, sin proponérselo, terminaron reescribiendo los equilibrios del poder. Hoy se cumplen 115 años del inicio de la Revolución Mexicana, y lo que antes fue un parteaguas histórico hoy parece un término deshidratado, usado como adjetivo light para campañas políticas, mensajes institucionales y hashtags oficiales.

Este jueves, la presidenta Claudia Sheinbaum presidió el desfile militar flanqueada por los titulares de la Sedena y la Marina. Una imagen que concentra el maridaje inseparable —y cada vez más evidente— entre el poder civil y el poder militar. Después de los titulares de las Fuerzas Armadas, se colocó a las lideresas del Senado y de la Cámara de Diputados. En tercera línea, el presidente de la Suprema Corte y la Jefa de Gobierno de la CDMX con todo y vestido de ‘Adelita’.

En su mensaje, Sheinbaum afirmó que “quien convoca a la violencia se equivoca” y que “México no volverá a caminar hacia atrás”. Llamó a rechazar el odio, la imposición y hasta la posibilidad de una intervención extranjera. Un discurso firme, alineado con el ADN de la 4T, pero también cargado de advertencias: el que critique, el que disienta, el que “piense que las campañas de calumnias y mentiras hacen mella”, se equivoca. Un discurso de fuerza, sin duda, pero no necesariamente de revolución. Más bien de continuidad, de preservación del relato oficial.

Paradójicamente, por primera vez en la historia mexicana tres mujeres encabezan los Poderes de la Unión. Un logro que cualquier nación presumiría como una revolución propia. Sin embargo, en México, ese logro convive —sin ruborizarse— con un relato oficial que repite como mantra la llamada “revolución de las conciencias”, un concepto que nació con AMLO en 2018 y que hoy intenta heredarse como si fuera doctrina política, brújula moral y testamento ideológico.

Pero ¿cuánto aguanta el término revolución sin volverse cartón? ¿Puede haber revolución cuando el poder se hereda dentro de un mismo movimiento? ¿Qué tan revolucionario es un proyecto que desde el poder premia la lealtad antes que la disidencia, y normaliza un país militarizado mientras presume transformación?

Sheinbaum, que hoy encarna la continuidad perfecta, no dirige una revolución; dirige una administración con un mandato amplísimo, sí, pero sustentada en un aparato político que controla el Congreso, domina gubernaturas y convive con Fuerzas Armadas que ocupan espacios civiles como nunca desde los años cuarenta. Si eso es revolución, es una revolución sin estallido, sin ruptura, sin desafío. Una revolución que pide permiso y estacionamiento.

Y mientras el poder celebra su propia narrativa, la Generación Zeta intentó hoy una marcha simbólica, mínima, casi silenciosa. No levantó multitudes, pero sí la pregunta: ¿perdieron una oportunidad revolucionaria… o el país ya no espera que la juventud encienda nada? La protesta, más que fallida, parece fuera de frecuencia: una generación que vive en la pantalla intentando sacudir a un sistema que funciona por inercia, blindaje y clientelas.

La verdad incómoda es que México vive un momento extraño: tenemos narrativa revolucionaria, símbolos revolucionarios, discursos revolucionarios… pero no revolución. La palabra se gastó. La usaron tanto que ya no prende. Como fósforo mojado.

Quizá lo verdaderamente revolucionario hoy sería recuperar el sentido original: confrontar al poder, cuestionar la comodidad, desafiar al sistema. Aunque ese sistema se llame 4T y se diga de izquierda.

Porque un país que presume revolución cada año, pero no permite que nada cambie realmente, está condenado a vivir en un desfile eterno: ordenado, controlado, coreografiado y sin fuego.

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Enrique Hernández Alcázar

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