*“Las Locuras” es incómoda porque es íntima. Mexicana porque reconoce la presión del “todo bajo control”. Global porque esa presión es universal. Es un espejo sin marco que nos devuelve la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿y si la única salida del ruido interior es dejarlo gritar?
Por Enrique Hernández Alcázar
Hay un instante —brevísimo, afilado— en el que eso que llamamos “sabiduría” empieza a oler a encierro. Es el momento exacto en que la cordura, tan celebrada y tan exigida, muestra sus barrotes. Ese resquicio es el territorio que Rodrigo García decide explorar con bisturí en Las Locuras, su estreno más reciente para Netflix: un paisaje emocional donde la normalidad deja de ser refugio y se convierte, sin aviso, en una presión que asfixia.
García no viene a tranquilizar; viene a sacudir. A preguntar qué ocurre cuando el engranaje de “lo correcto” empieza a chirriar bajo el peso de los afectos, la ambición, la culpa. Qué pasa cuando esa persona que funciona, que lidera, que sostiene la vida “como debe ser”, tiembla en silencio sin permitirse —o sin permitírsele— el más mínimo desvío.
La película se sostiene en seis mujeres que viven bajo su propio cielo raso y sus propias fracturas: Renata, Soledad, Miranda, Penélope, Serena e Irlanda. Pero Renata es el punto de gravedad, la clave emocional del relato. Y allí entra Cassandra Ciangherotti, que no interpreta: desarma, arma y vuelve a desarmar.
En manos menos cuidadosas, Renata sería apenas la mujer “funcional”, la que se mantiene en eje. Pero Cassandra la vuelve una cuerda tensada al límite. Renata no está “oficialmente enferma”, no vive en un manicomio ni carga un diagnóstico. Pero puede quebrarse. Puede desquiciarse. Y lo fascinante es que Cassandra interpreta ese filo sin exageraciones ni gestos previsibles: todo ocurre en la respiración, en la mirada que se aguanta, en la tensión de una aparente estabilidad que en realidad es un hilo fino.
Renata es la ancla, sí, pero también la cuerda que puede reventar. Es la llave, el personaje que abre el pasadizo entre la normalidad aparente y la grieta que todos evitamos mirar. Y en esa lectura, Ciangherotti entrega una de esas actuaciones que no gritan, pero que se queda en el alma para siempre.
Cada vez mejor actriz. No importa cuando lo lean. Una mujer de talento impresionante acompañada de otras grandes de los escenarios: Ilse Salas, Ángeles Cruz, Natalia Solián, Naian González Norvind y Fernanda Castillo. A todas ellas se les suman las implacables tablas y las pantallas: Luisa Huertas, Adriana Barraza y Alfredo Castro, quien interpreta magistralmente al padre de Renata.
La tesis que atraviesa Las Locuras es tan obvia como perturbadora: la frontera entre lo normal y lo anormal no es una puerta, es un piso mojado.
No se trata de la locura estridente, sino de ese malestar callado que cargamos para cumplir expectativas, sostener vidas funcionales, reprimir pulsiones que no caben en el manual social. La represión como rutina, la rigidez como defensa, el derrumbe como posibilidad universal. Lo que aquí se exhibe no es un caso clínico: es una condición contemporánea. Se estrena el próximo 20 de octubre en Netflix.
La Ciudad de México lluviosa —sus charcos, su humedad eterna, ese cielo que no termina de abrir— añade otra capa de sentido. La urbe funciona como un espejo empañado: frágil, denso, resbaladizo. Nada espectacular. Justo por eso duele más. Porque en un día cualquiera, en un trayecto cualquiera, las vidas de estas mujeres —que aspiran a la calma, al orden, a la estabilidad— se encuentran en colapso.
Aunque las historias podrían funcionar por separado, García hace que respiren como una misma entidad. El ensamble late, se tensa, se sostiene. Y cuando la película cierra, no entrega respuestas ni un arco moralizador: deja una sospecha inquietante. Que la locura no es un monstruo ajeno, sino una vibración interna esperando un resquicio. Que el derrumbe puede ser liberador… y, al mismo tiempo, aterrador.
Las Locuras es incómoda porque es íntima. Mexicana porque reconoce la presión del “todo bajo control”. Global porque esa presión es universal. Es un espejo sin marco que nos devuelve la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿y si la única salida del ruido interior es dejarlo gritar?
No digo que será fácil verla.
Solo que será irremediablemente hacerlo.
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