*Estamos expuestos como nunca antes. Paradójicamente, mientras el gobierno presume que la pobreza ha disminuido, la extorsión crece como la forma más “sencilla” de obtener dinero rápido. Una industria nacional del miedo, con sucursales en cada esquina, con operadores en cada barrio, con cómplices en cada nivel.
por Enrique Hernández Alcázar
Hay delitos que mutan, se esconden, se repliegan y vuelven a aparecer con otro disfraz. Y hay otros que simplemente nunca se van. La extorsión pertenece a esta segunda especie: una bestia de mil cabezas que crece donde el Estado flaquea, donde la autoridad se hace la ciega o donde los poderosos de siempre eligen mirar hacia otro lado. Y hoy, todo indica que se ha convertido en la obsesión -y el talón de Aquiles- de la triada Sheinbaum-Harfuch-Ernestina.
¿Por qué ese empeño? ¿Por qué de pronto el discurso oficial apunta a la “erradicación definitiva” de un delito que lleva décadas pudriéndose en silencio? ¿Será porque es el delito contra el que no han podido, ni ellos ni nadie? ¿Porque es el cáncer más extendido en el país? Puede ser. A estas alturas, extorsionar es más negocio que traficar, secuestrar o robar. Extorsionan a comerciantes, campesinos, taxistas, transportistas, empresarios y a cualquiera que genere un peso. Amenazan con violencia, con incendiar locales, con matar a quien no se “mocha” con su cuota diaria, semanal o mensual.
La extorsión es, hoy por hoy, la economía paralela que sostiene a bandas, halcones, células delictivas, “trabajadores” de sindicatos pirata y operadores que un día se ponen la cachucha de la CATEM y al otro la del Cártel de Sinaloa. El disfraz es flexible; el método, idéntico. Cobran piso en nombre de la central obrera mientras reparten amenazas en nombre del cártel. Todo con la familiaridad de quien sabe que la autoridad no solo llega tarde: llega aliada.
Y no hablamos solo de los profesionales. Está la extorsión amateur, esa que se mete a tu casa por teléfono: la llamada que pretende sacarte diez o quince mil pesos inventando que tienen secuestrada a tu hija -aunque ni descendencia tengas. O la extorsión digital, más íntima y más humillante: las apps de ligue convertidas en coto de caza para quienes graban una videollamada subida de tono o guardan la foto desnuda que les enviaste y luego te amenazan con exhibirlas ante todos tus contactos si no depositas cuarenta mil pesos. Y si los pagas, peor: acabaste de firmar un contrato perpetuo. Silencio por mensualidad. Vergüenza por semanas. Miedo por años.
Estamos expuestos como nunca antes. Paradójicamente, mientras el gobierno presume que la pobreza ha disminuido, la extorsión crece como la forma más “sencilla” de obtener dinero rápido. Una industria nacional del miedo, con sucursales en cada esquina, con operadores en cada barrio, con cómplices en cada nivel.
¿Se resolverá con un acuerdo nacional firmado por la presidenta y los gobernadores? ¿Con una ley que persiga de oficio? ¿Con voluntad discursiva? Suena bonito. Pero la extorsión no se combate con declaraciones: se combate desenmascarando a quienes la han permitido, protegido o cobijado. Autoridades, policías municipales, estatales, federales, mandos medios, operadores políticos… la cadena es larga y la complicidad, profunda.
Ahí está el caso reciente de Durango-Coahuila: la captura de “El Limones”, el golpe a varios de sus aliados y el congelamiento de cuentas ligadas al cártel del Pacífico. Un buen comienzo, sí. Pero si este país quiere de verdad acabar con la extorsión, tendrá que estar dispuesto a algo más grande: a que la persecución alcance a nombres y hombres leales, militantes, financiadores y aliados de movimientos políticos.
Porque la extorsión no es un delito aislado. Es un sistema.
Y hasta que dejemos de fingir lo contrario, la bestia seguirá cobrando.
Cada día. Cada semana. Cada mes.
Como siempre.





