Pornocracia | Futbol gentrificado

*La recomendación es casi tragicómica: pida asilo a un amigo. O empiece desde ahora a ligar en Tinder con alguien que viva en la ciudad sede de su selección y que tenga un sofá disponible. No es broma. Es supervivencia logística.

por Enrique Hernández Alcázar

El futbol es, o era, el deporte más democrático del planeta.

Bastaba una pelota –a veces reemplazada hasta por una bola hecha con periódicos viejos– y dos piedras como portería para armar un partido. No había filtros, ni membresías, ni zonas VIP. El balón rodaba y con eso alcanzaba. Faltan 180 días para la inauguración del Mundial 2026. Y esa épica popular está siendo expulsada del estadio por una sola razón: dinero. Mucho dinero.

Conseguir un boleto es una tortura digital digna de un casting para entrar en Los Juegos del Hambre.

Filas virtuales eternas, páginas que se caen, algoritmos opacos, fraudes y extorsiones al por mayor y, al final, una bofetada: la reventa. Entradas que arrancan en 65 mil pesos y llegan hasta los 22 millones. Sí, veintidós millones de pesos mexicanos.

Insulting and unacceptable!, diría Ricky Riquín Canallín, si no fuera porque él sí puede pagarlos.

Para una familia mexicana, incluso de clase media alta, asistir al Mundial es impagable. Y eso que la FIFA se dio el lujo de presumir que los boletos serían “accesibles”. Y que habría algunos disponibles desde los mil pesos. Pero ya sabe cómo opera la estructura paralela del negocoio: el mercado negro hizo lo suyo y la fiesta se privatizó.

El Mundial de futbol se gentrificó (otra vez).

La ‘solución’ del gobierno de México suena a premio de consolación para las masas: pantallas gigantes en varias plazas públicas. El Zócalo, como siempre, será la gran sala de espera para quienes no lograron cruzar el filtro del capital suficiente. O sea, ver el Mundial fuera del Mundial. Celebrar sin entrar. Participar sin tocar. Como si el mensaje fuera claro: el espectáculo es de todos, pero el asiento no.

Paradójicamente, la derrama económica prometida será monumental. El cálculo gubernamental habla de más de 65 mil millones de pesos. El sector privado cree que esa cifra puede duplicarse. Solo ayer 12 de diciembre, en el inicio del maratón Guadalupe-Reyes, la derrama se calcula en $22 mil millones. El botín se dividiría así: Ciudad de México espera 34 mil millones; Guadalajara, 11 mil millones; y, Monterrey, 14 mil millones de pesos. A esto se le suman los doce mil empleos temporales que se generarán alrededor del balón.

El Mundial promete divisas. El dilema es otro: quién tiene boleto, quién pelea el pase y quién se queda en la banca.

Y supongamos que usted logra la hazaña de comprar un su entrada. Enhorabuena. Ahora viene el segundo filtro: dormir. Porque si viene de otro país o de otro estado de la República mexicana, buscar hospedaje en CDMX durante la fiesta futbolera ya se volvió un deporte extremo. Hoteles que registran incrementos de hasta 961%. Tarifas que pasan de 157 dólares a más de 3,800 billetes verdes por noche. En otros casos, más de 2,000% de aumento. El antiguo DF convertido en Mónaco por un mes.

La recomendación es casi tragicómica: pida asilo a un amigo. O empiece desde ahora a ligar en Tinder con alguien que viva en la ciudad sede de su selección y que tenga un sofá disponible. No es broma. Es supervivencia logística. Porque el Mundial no solo se juega en la cancha: se juega en Booking, en Airbnb, en el algoritmo del deseo y en la billetera apretada.

La pregunta de fondo no es económica, sino simbólica. ¿Qué pasa cuando el deporte más popular del mundo deja de ser accesible para quienes lo hicieron grande? ¿Qué relato estamos construyendo cuando el niño de la pelota desinflada queda fuera del estadio que ayudó a imaginar?

El Mundial 2026 promete goles, banderas y cifras récord. Pero también deja una postal incómoda: la del futbol convertido en evento para pudientes. El balón sigue rodando. La caja registradora sigue sonando. Y los sueños de infancia se siguen olvidando.

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Enrique Hernández Alcázar

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