Pornocracia | El sartén y el Tucán

*La reforma electoral cimbra a la 4T rumbo al 2027

por: Enrique Hernández

En política, como en la cocina, no siempre gana quien sostiene el sartén. A veces lo pierde quien cree que lo controla. Claudia Sheinbaum gobierna hoy con el fuego encendido: Trump amenaza desde el norte, la economía global se mueve con nervio, y en casa la Cuarta Transformación entra en su primera fase de desgaste real. Pero el riesgo más inmediato para la presidenta no viene de la oposición ni de Washington. Viene de un tucán que le picotea la mano mientras ella intenta cocinar la reforma que marcará el sexenio: la electoral.

El 2027 ya se coló en Palacio Nacional. No como calendario, sino como obsesión. La elección intermedia será el primer gran plebiscito del nuevo gobierno y, al mismo tiempo, la batalla por las reglas del juego. Morena quiere ordenarlas. Sus aliados quieren preservarlas. Y en ese choque se empieza a fracturar el bloque que llevó a la 4T a las mayorías aplastantes.

Porque si algo ha aprendido Morena desde que llegó al poder es que los proyectos no se caen en las urnas: se pudren en las internas. Gobernadores, dirigentes partidistas, operadores legislativos y partidos satélite ya pavimentan sus propias rutas hacia la elección intermedia. Cada quien empuja su agenda. Cada quien busca blindar su parcela. Y cuando el poder se fragmenta, la presidenta deja de ser árbitro para convertirse en jugadora.

En ese contexto apareció la Comisión del Poder Ejecutivo para la Reforma Electoral, encabezada por Pablo Gómez. Un viejo lobo del sistema que conoce mejor que nadie el lenguaje del control institucional. El exmilitante del Partido Comunista lanzó una bomba: la posibilidad de someter a voto popular a los consejeros del INE, replicando la lógica que Andrés Manuel López Obrador quiso imponer al Poder Judicial. No era una ocurrencia técnica. Era un globo sonda político.

Sheinbaum entendió el mensaje y activó el freno de mano. Salió a decir que su reforma no tocará la autonomía del INE, que se respetará la representación de las minorías y que no habrá deriva autoritaria. Era una señal directa hacia adentro del régimen: aquí no habrá una reedición del obradorismo más rudo. Pero el daño ya estaba hecho. La discusión no era jurídica. Era de poder.

El punto crítico no está en el árbitro, sino en el botín. Reducir al 50 por ciento el financiamiento público a los partidos y recortar los plurinominales suena popular, moderno, casi heroico. Pero golpea directo a los dos partidos que sostienen la maquinaria electoral de la 4T: el PT y el PVEM. Para ellos, los plurinominales son oxígeno; el dinero público, su músculo territorial; la supervivencia política, su negocio.

Ernesto Núñez, en El País, lo describió con claridad quirúrgica: los socios de Morena ven innecesaria la reforma y se muestran escépticos ante cambios que afectan directamente su viabilidad. No es una diferencia ideológica. Es una amenaza existencial. Pedirles que acepten el recorte es pedirles que se suiciden.

Y sin ellos, la reforma no camina. Pero sin la reforma, Sheinbaum queda atrapada en un sistema que prometió cambiar. Ese es el dilema: para modernizar la democracia necesita debilitar a sus aliados; para ganar elecciones necesita protegerlos. El régimen se volvió rehén de sus propios socios.

En los próximos meses, la presidenta tendrá que decidir si gobierna con el sartén o si acepta que otros le marquen la temperatura. Porque una cosa es prometer una reforma electoral moderna y otra muy distinta es imponerla sin romper la coalición que sostiene al régimen.

Trump seguirá presionando desde afuera. Pero el verdadero peligro para Sheinbaum está adentro. En ese tucán que vive de las migajas del sistema y que, cuando ve amenazado su alimento, no duda en picar. La historia de la 4T podría no cambiar por una derrota en las urnas, sino por una traición en la cocina. Porque cuando el sartén se calienta demasiado, no siempre se cae por torpeza. A veces alguien lo empuja.

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Enrique Hernández Alcázar

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