Pornocracia | El monopolio de la protesta

*”Vaya memoria selectiva. Con esas mismas personas marcharon cuando estaban del otro lado de la valla metálica. Pero ahora, desde el poder, la indignación social se vuelve una molestia, un estorbo, un foco rojo que debe ser encapsulado, criminalizado o ridiculizado...”

por Enrique Hernández Alcazar

Hay una ironía monumental —una ironía con sello tricolor, guinda y de cualquier color que ocupe Palacio Nacional—: cuando estás fuera del poder, protestar es virtud; cuando llegas al poder, protestar es traición. La “izquierda” que hoy gobierna decidió quedarse con el monopolio de la protesta, como si fuera una concesión del Estado. Un derecho administrado, regulado y, sobre todo, descalificado si no se practica dentro de los márgenes del guion oficial.

Hoy, feministas, colectivas, madres buscadoras, estudiantes de la Generación Zeta, transportistas, campesinos y cualquier ciudadano que levante la voz reciben la misma respuesta: “es un complot”. Nada nuevo. Es parte del manual que durante años construyó López Obrador. Ese del enemigo permanente, el masiosare del PRIAN, el innombrable Salinas, el fifí de Claudio X. González, el examigo Salinas Pliego y la siempre presente mafia del poder aunque ya no está en el poder. Ese mamotreto pasó intacto al escritorio presidencial de Claudia Sheinbaum.

La lógica binaria no cambió: buenos y malos, pueblo y antipueblo, feligreses y herejes políticos. Para el morenato, sin adversarios no hay causa, sin causa no hay narrativa y sin narrativa no hay movimiento.

Pero esto ya lo habíamos visto. Cuando Morena era oposición, marchar era digno, justo, congruente. Los gobiernos del PRI y del PAN reaccionaban exactamente igual que Morena hoy: “son adversarios”, “están manipulados”, “hay intereses detrás”, “es puro golpismo”. La retórica del poder es un espejo que se recicla sexenio tras sexenio. El guion es tan idéntico que podría parecer que todos usaron la misma plantilla de Word para deslegitimar cualquier inconformidad pública.

En las últimas horas, la secretaria de Gobernación, heredera política del puente entre AMLO y Sheinbaum, salió a decir que no hay motivos legítimos para mantener bloqueos y protestas. Que el diálogo ha sido permanente, que el gobierno ha cumplido y que los líderes campesinos que hoy cierran carreteras “pertenecen al PRI, al PAN y al PRD”. Como si militar en un partido —o haber militado— anulara automáticamente el derecho constitucional a organizarse, exigir y protestar. Como si la historia política fuera un expediente de pecados que invalida cualquier reclamo.

Y remató con el clásico: “tienen carpetas abiertas desde hace años por obstrucción de vías… no nacimos ayer”. Vaya memoria selectiva. Con esas mismas personas marcharon cuando estaban del otro lado de la valla metálica. Con esas mismas tácticas hicieron historia y construyeron su movimiento. Pero ahora, desde el poder, la indignación social se vuelve una molestia, un estorbo, un foco rojo que debe ser encapsulado, criminalizado o ridiculizado.

La presidenta Sheinbaum reforzó el discurso: “hay quienes protestan para mantener privilegios”. Privilegios: la palabra mágica, el comodín discursivo del sexenio. Todo lo que incomoda se reduce a privilegios, aunque se trate de agua, tierra, riego agrícola, recursos o sobrevivencia. El mensaje es claro: si protestas es porque quieres conservar algo indebido. Si protestas, eres parte del problema. Si protestas, te estás oponiendo a la transformación.

Y ahí está el corazón del asunto: el poder siempre quiere decidir cuál protesta es legítima y cuál no. Quién marcha “por el pueblo” y quién marcha “contra el pueblo”. Quién es ciudadano y quién es golpista. Quién merece ser escuchado y quién debe ser descalificado de fábrica.

Pero la protesta no es una concesión del gobierno. No es un trámite. No es un privilegio. Es un derecho humano, político y democrático. Un derecho que no desaparece cuando cambian los colores en la boleta ni cuando la narrativa oficial exige obediencia.

El problema no es que la protesta incomode al poder. El problema es que el poder crea que la protesta le pertenece y que, al final, las causas y las demandas de quienes las exigen quedan en el baúl del olvido.

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Enrique Hernández Alcázar

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