*En la política mexicana lo que se muestra es tan importante como lo que se calla. Mientras Duarte caía y Duarte temblaba, Coahuayana ardía. Un coche bomba explotó en Michoacán. Tres muertos. Doce heridos. Una escena que cualquiera en el planeta llamaría terrorismo. La Fiscalía dijo primero que sí, luego que no, luego que mejor quién sabe…
por Enrique Hernández Alcázar
Ernestina Godoy Ramos no pidió permiso para entrar. Llegó, se sentó en la silla que durante años ocupó Alejandro Gertz Manero y, en menos de lo que se sirve un café, ya tenía lista su primera carta de presentación: detener al exgobernador de Chihuahua, César Duarte.
Se trata de uno de los peces gordos que sobrevivió a la temporada de caza anticorrupción; un priista con historial de desvíos, ranchos, caballos y millones que se evaporaron como si hubieran sido construidos en papel de china. El mismo que tenía un sillón del Papa Francisco en uno de sus múltiples ranchos.
Bajo el mando de Ernestina, la FGR presume el golpe como símbolo de autoridad. Aquí hay mando, aquí hay arrestos, aquí se actúa, parece ser el mensaje. Pero también sugiere algo más: vamos por el PRI, vamos por el PAN, vamos contra el viejo enemigo que el guion oficial necesita mantener vivo para justificar su cruzada moral.
No es pequeño el dato de que también se abrió la puerta para ir tras el otro Duarte –Javier, el veracruzano–, el de los 60 mil millones de pesos perdidos en la bruma del sistema, en la opacidad presupuestal, en los bolsillos y contratos donde el dinero público cambia de nombre y de dueño sin dejar rastro contable. Sí, ese Duarte. El de las casas, las maletas, los desvíos que todos vimos y que nadie cerró. Ese que, con su merecimiento de abundancia, podría ver frustrada su libertad en abril de 2026.
El debut de Ernestina es un adelanto del sexenio judicial que se viene. La señal es nítida: resultados rápidos, nombres grandes, golpes de efecto. Sheinbaum necesita que la Fiscalía deje de ser lastre, museo de expedientes empolvados y vergüenzas procesales. Quiere contundencia. Quieren cabezas. Y la fiscal “carnala” parece lista para entregar las primeras en bandeja de plata.
Pero en la política mexicana lo que se muestra es tan importante como lo que se calla. Mientras Duarte caía y Duarte temblaba, Coahuayana ardía. Un coche bomba explotó en Michoacán. Tres muertos. Doce heridos. Una escena que cualquiera en el planeta llamaría terrorismo. La Fiscalía dijo primero que sí, luego que no, luego que mejor quién sabe. Se investigará, prometieron. No es terrorismo, rectificaron.
Omar García Harfuch, el jefe del gabiente de seguridad, salió a apagar el fuego narrativo. La segunda persona más poderosa del sexenio –la primera es Claudia Sheinbaum – no dudó ni un segundo: no es terrorismo, pero sí deslizó la colusión entre policías y narcos locales. Básicamente sacó el manual de estilo del Estado mexicano (versión 2025) y sostuvo que la explosión es producto de un pleito entre criminales que provocó las bajas civiles. El viejo argumento sobreexplotado por los regímenes prianistas: disputa narca y daños colaterales.
Porque, claro, a Duarte se le puede detener. Al otro Duarte se le pueden sumar delitos. Pero a Michoacán, o a Adán Augusto –y un largo etcétera vinculado con el movimiento que gobierna desde hace siete años – no se les tocará ni con el pétalo de un citatorio. Y en ese doble rasero se escribe la verdadera narrativa del poder: justicia para quien conviene, ambigüedad para lo que estorba, ceguera para lo que daña a la 4T.
Eso nos dejó el oscuro paso de Gertz por la FGR: inquisidor y protegido presidencial que después filtró expedientes comprometedores para marinos y morenistas, hasta terminar firmando su exilio forzado.
El debut de Ernestina no solo marca una nueva etapa en la Fiscalía: también exhibe para quién trabajará la justicia, cuáles expedientes corren y cuáles duermen, a quién se exhibe y a quién se cuida. Los aplausos por capturar a Duarte son válidos, pero la pregunta es otra:
¿La FGR será el bisturí quirúrgico que se necesita? ¿Será un martillo selectivo activado por el interés partidista? ¿Perseguirá la corrupción o administrará venganzas?
Falta mucho para responder a estas preguntas. Apenas somos testigos del primer acto de la puesta en escena protagonizado por Godoy por encargo presidencial: un golpe preciso, dos advertencias veladas y un silencio incómodo en Michoacán.
Ya veremos si la nueva fiscal puede y quiere limpiar la casa completa o si solamente estrenó nuevo uniforme para seguir sirviendo al mismo amo de siempre.





