Pornocracia | Conspiratitlán

*Eso es Conspiratitlán: un país donde la conspiración dejó de ser anomalía y se volvió método; donde la política opera en clave de sospecha permanente; donde los vacíos de poder los llenan los que mejor saben negociar en la sombra.

Por Enrique Hernández Alcázar

Hay libros que no sólo te sacuden: te reacomodan las certezas. Conspiraciones, de Macario Schettino, es uno de ellos. No porque revele un secreto oculto —México es experto en fabricar conspiradores a la menor provocación— sino porque arrastra ese hábito por seis siglos y te lo planta en la cara: la historia oficial nos mintió. Nos mintió por recato, por conveniencia, por control político. Nos mintió para administrar el conflicto como si fuera una herencia maldita.

Schettino arranca donde decidimos montar nuestro mito de origen: el encuentro entre Moctezuma y Cortés. Ahí desmonta la narrativa escolar que absolvió al vencido y demonizó al invasor como si la historia fuera un drama moral de buenos y malos. Lo que emerge es más incómodo: México se ha movido a través de conspiraciones, no de instituciones. Desde Cortés contra Velázquez hasta la transición democrática que comenzó como un pacto y terminó implosionando en sus propias intrigas. Cinco siglos de complots, traiciones, acuerdos en la sombra y simulaciones que preservaron el orden mientras se vaciaba el país. Conspirar para no confrontar: esa ha sido la gran estrategia nacional.

Aquí entra la lectura agudísima de Julio Hubard. Porque si uno baja del gran relato y se asoma al siglo XIX literario, el reflejo es idéntico. Astucia, de Luis G. Inclán, es prácticamente el prototipo del narco mexicano: la hermandad de los “Hermanos de la hoja”, charros contrabandistas que controlan rutas, sobornan autoridades y establecen un orden criminal paralelo. El Zarco, de Altamirano, juega en la época liberal, esa donde quisimos ver el nacimiento del Estado moderno, pero que en realidad era un mosaico de prefectos que pactaban con bandidos porque el Estado federal era una ficción. Y Los bandidos de Río Frío, de Payno, es quizá la novela más vigente del país: un jefe criminal que también es funcionario, un gobierno que simula combatir el delito mientras lo administra, y una “compañía de ladrones” que funciona como modelo económico.

El siglo XIX no está muerto. Está debajo de nosotros, como una capa geológica que sostiene la narrativa nacional. Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿De verdad cambiamos tanto? Ora sí que como solía decir el entrañable Carlos Monsiváis: “O ya no entiendo lo que pasa o ya pasó lo que estaba entendiendo”.

¿Quiénes son los “Hermanos de la hoja” del siglo XXI? ¿Los Chapitos? ¿La “Mayiza”?  ¿Quién es nuestro Martín Sánchez con facultades extrajudiciales? ¿La Familia Michoacana? ¿Los Viagras? ¿Quién nuestro Relumbrón moderno, funcionario y criminal a la vez? ¿Adán Augusto? ¿Algún general sonriente que aparece poco y manda mucho?

Las preguntas no son capricho literario. Son diagnóstico.

Porque las novelas de Inclán, Altamirano y Payno no narran el pasado: narran al país de hoy disfrazado de ayer. Cambian los sombreros por camionetas blindadas, las diligencias por tráileres, los caminos de tierra por autopistas de cuota. Pero el patrón es el mismo: un Estado que negocia la violencia; autoridades que administran el delito; élites que lucran con la fricción social; ciudadanos que aprenden a sobrevivir entre la sospecha y el silencio.

Eso es Conspiratitlán: un país donde la conspiración dejó de ser anomalía y se volvió método; donde la política opera en clave de sospecha permanente; donde los vacíos de poder los llenan los que mejor saben negociar en la sombra.

Schettino concluye que, en este sexto siglo, sólo quedan dos caminos: conspirar o confrontar.
El problema es que llevamos quinientos años eligiendo siempre el primero.
Y ya sabemos cómo termina esa historia.

Compartir esta noticia
Enrique Hernández Alcázar

Enrique Hernández Alcázar