Pornocracia | Conejo Humano

*En esta historia, el conejo no fue malo ni bueno: fue humano. Y en tiempos de indignación crónica, eso -bien contado- sigue siendo suficiente.

por: Enrique Hernández

La gente perdona y olvida. No siempre en ese orden, pero casi siempre con la misma velocidad con la que consume. El caso de Bad Bunny es un buen espejo de nuestra época: cancelaciones exprés, redenciones relámpago y una moraleja incómoda sobre el poder del perdón cuando viene bien envuelto.

Hagamos memoria. Enero de 2023: el video corre como pólvora. Un fan intenta tomarse una foto y el artista le arrebata el celular y lo lanza. El internet hace lo que mejor sabe hacer: indignarse, juzgar, sentenciar. Cancelado. No hubo comunicado que calmara la marea. La imagen quedó tatuada: soberbia, desconexión, estrella fuera de órbita. A partir de ahí, algo empezó a crujir en su narrativa pública.

Meses después llegó Nadie sabe lo que va a pasar mañana. Un disco que no fue el “Verano sin ti, parte dos” que muchos esperaban. Polarizante, introspectivo, raro. Para algunos, un paso en falso; para otros, una señal de que el fenómeno estaba buscando aire. Luego vino la gira concentrada en Estados Unidos y Puerto Rico, las apariciones con Kendall Jenner, la sensación de que el conejo malo estaba más cerca del mercado anglo que de la esquina donde empezó. “Ya no es el mismo”, se repetía. “Se vendió”. El juicio colectivo encontraba argumentos.

Parecía un artista en tránsito: exitoso, sí, pero emocionalmente en un lugar complicado. Hasta que llegó Debí tirar más fotos y, con ese gesto aparentemente mínimo, cambió todo. No hubo disculpa explícita, ni reembolsos simbólicos, ni intentos de comprar cariño. Hubo otra cosa: emoción genuina. Memoria. Raíz. Puerto Rico en primer plano. Una residencia llamada No me quiero ir de aquí que no solo agotó boletos, sino que dejó más de cien millones de dólares en la economía local. Salsa, plena, nostalgia, política suave, vulnerabilidad sin poses. El mensaje no fue “perdón”, fue “aquí estoy”.

Y entonces ocurrió el milagro contemporáneo: el olvido selectivo. De pronto, la era cuestionable desapareció del relato dominante, como si nunca hubiera existido. ¿Cómo pasó de estar cancelado a ser adorado otra vez en cuestión de meses? La respuesta no está en la música solamente, sino en el comportamiento del consumidor.

Después de una crisis hay dos caminos de recuperación. El primero es el monetario: compensar con cosas tangibles, descuentos, regalos, comunicados pulidos. Funciona para errores transaccionales. El segundo es el emocional: reconectar de verdad, volver a valores compartidos, tocar una fibra real. Ese es el que reconstruye relaciones rotas. Bad Bunny hizo lo segundo. No necesitaba darnos nada gratis; necesitaba hacernos sentir algo auténtico otra vez.

Debí tirar más fotos es pura recuperación emocional. Un proyecto que no pide permiso ni perdón, pero que invita a recordar. Y cuando la emoción es honesta, el público suele ser generoso. Perdona. Olvida. Consume de nuevo. No porque sea ingenuo, sino porque también busca verse reflejado.

La lección incomoda porque va más allá de un artista. Si en algún momento tu marca, tu proyecto o tu figura pública entra en crisis, la pregunta no es qué tanto dinero cuesta arreglarla, sino qué tipo de recuperación necesita tu audiencia. A veces la mejor disculpa no son las palabras, sino la capacidad de volver a conectar.

En esta historia, el conejo no fue malo ni bueno: fue humano. Y en tiempos de indignación crónica, eso -bien contado- sigue siendo suficiente.

PD. Esto no le gusta a Donald Trump.

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Enrique Hernández Alcázar

Enrique Hernández Alcázar