*”Su fama de académico progresista se desmoronó cuando se reveló la otra parte del retrato: el hombre obsesionado con sus venganzas personales, el operador que antepone la furia a los códigos, el imperialista jurídico que acomodó la ley como si fuera plastilina…”
por Enrique Hernández Alcázar
En México hay personajes que sobreviven a todos los regímenes como si fueran muebles viejos del poder: incómodos, pesados, llenos de polvo pero que nadie se atreve a mandarlos al sarcófago de la historia porque saben demasiado. Alejandro Gertz Manero es uno de ellos. Un fósil político, un sobreviviente profesional, un hombre cuya historia no cabe en una sola carpeta de investigación —aunque él haya usado todo el aparato del Estado para armar, desarmar y manipular las que quiso.
Su biografía no autorizada empieza antes de él. Abuelo y padre nacional-socialistas, promotores de las juventudes nazi en México cuando el país jugaba a la neutralidad frente a la Segunda Guerra Mundial, y cercanos a círculos de poder que iban del porfirismo tardío al echeverrismo florido. Gertz nació con la llave maestra para entrar a la élite: herencia, conexiones, abolengo ideológico y una temprana comprensión del sistema: en México, lo importante no es la ley, sino quién te abre la puerta.
Años después, ya con su traje eterno de funcionario impoluto, supo pulir la técnica: ser indispensable. Navegó con bandera tricolor, azul, amarilla y finalmente guinda. Lo mismo colaboró con gobiernos priistas como si hubiera nacido en Bucareli, que con administraciones panistas que veían en él un sabio de ocasión, o con perredistas que buscaban respetabilidad universitaria. Con la 4T encontró su trono: un presidente que necesitaba un fiscal leal, moldeable, útil. Y Gertz, como siempre, estuvo disponible.
Pero el poder nunca sale gratis. Su fama de académico progresista se desmoronó cuando se reveló la otra parte del retrato: el hombre obsesionado con sus venganzas personales, el operador que antepone la furia a los códigos, el imperialista jurídico que acomodó la ley como si fuera plastilina. Mientras hablaba de regeneración nacional, utilizaba la Fiscalía General como su feudo privado: el caso de su excuñada, el acoso a su propia familia política, la persecución selectiva, los expedientes hechos a la medida, las presiones para encarcelar a quien lo incomodaba. Era la justicia convertida en vendetta.
Y aquí viene la ironía monumental: el hombre que AMLO protegió, apapachó y defendió a ultranza, el fiscal que convirtió en tótem de la “renovación moral”, es hoy quien se ha convertido en el mayor opositor interno de la 4T. No por discurso, sino por expedientes: filtraciones, carpetas, testimonios y revelaciones que han salpicado a personajes “ilustres” del movimiento.
Desde el cártel de La Barredora, pasando por Adán Augusto, hasta el huachicol fiscal y, más recientemente, las acusaciones crimnales contra Raúl Rocha Cantú, propietario del concurso Miss Universo y contratista de Pemex.
Las preguntas son inevitables: ¿El Fiscal General le llenó el saco de piedras a la presidenta Sheinbaum y a Harfuch? ¿O será que hay varios impresentables del obradorismo que le temen a lo que aún podría revelarse desde el escritorio de Gertz? ¿Pactarán este personaje y este gobierno federal impunidad y no agresión mutua antes de removerlo?
Porque si algo sabe hacer el fiscal imperial es cobrar facturas, incluso a quienes lo elevaron al altar del poder.
Hasta hoy, Gertz Manero se mantuvo incólume. Se sostuvo en el puesto a pesar de la primera fuga del Chapo Guzmán cuando él era secretario de Seguridad de Vicente Fox. Se amarró al puesto mientras morían fiscalías enteras por la inanición presupuestal y por injerencias políticas y mientras la 4T justificaba lo injustificable. Incluso, se mantuvo a pesar del delito que ‘de favor’ inventó y le regaló la entonces fiscal de CDMX, Ernestina Godoy -su más sonada sucesora-, para vengarse de su familia política por la muerte de su hermano Federico. Y un larguísimo etcétera.
Se infiere que al interior de la 4T lo defendieron por conveniencia, por cálculo y por miedo. Porque, además de hábil, Gertz fue generoso cuando le convenía: financió las campañas electorales de la izquierda: las tres de Cuauhtémoc Cárdenas y las tres de López Obrador, tejió amistades, distribuyó favores, dejó semillas de lealtad que cosechó décadas después.
Pero hoy, cuando los mismos guindas en el poder lo empujan hacia la muerte política, convendría entender a Gertz Manero como un síntoma.
La cuatroté habla de transformación y terminó apapachando a un hombre formado en lo más oscuro de la cultura política mexicana: el poder entendido como patrimonio familiar, el cargo como arma, la ley como instrumento de intimidación. Podrán decir lo que quieran del señor Fiscal, menos que traicionó al proyecto: lo encarnó y eso mismo lo puso hoy en jaque.
Su caída —si es que finalmente ocurre— no será la victoria de la justicia, sino la confirmación de que el régimen que prometió limpiar la casa terminó atrapado en sus propias sombras. Para entenderlo, hay que leerlo. Y nada mejor que una obra quirúrgica y profundamente documentada: El fiscal imperial. El eslabón más oscuro de la 4T, del periodista Jesús Lemus Barajas. Un retrato imprescindible para estos días en que el pasado, el presente y el futuro de México vuelven a chocar en un solo apellido: Gertz.
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