*Trump ha reconfigurado el tablero internacional a base de amenazas, aranceles y pulsos de fuerza. En América Latina, la sombra del intervencionismo volvió a alargarse. La extracción de Nicolás Maduro —celebrada por algunos como justicia expedita— abrió un precedente peligroso: Estados Unidos actuando donde quiere, cuando quiere y como quiere.
por Enrique Hernández
Trescientos sesenta y cinco días. Solo un año desde que Donald J. Trump volvió a la Casa Blanca y la sensación es de desgaste histórico, de tiempo comprimido hasta el hartazgo. Como si cada mañana trajera una crisis nueva y cada noche confirmara que el mundo sigue girando al ritmo de su ego. Ha pasado apenas un año y lo inquietante no es lo que ya ocurrió, sino lo que falta. Tres años más de este señor de bronceado hechizo y copete naranja, convertido no solo en presidente, sino en símbolo global de la pornocracia: el poder ejercido sin pudor, sin límites y sin consecuencias.
Trump no regresó para gobernar; regresó para cobrar. Cobrar afrentas, cobrar lealtades, cobrar silencios. Debió enfrentar la cárcel, pero enfrentó las urnas. Y ganó. La democracia, otra vez, funcionando como escudo de impunidad. Desde entonces, líderes de todas las latitudes han entendido la lógica: con Trump no se dialoga, se le halaga; no se le confronta, se le negocia; no se le cuestiona, se le entrega algo. Da igual si se trata de principios, territorios, acuerdos comerciales o incluso personas.
El mundo aprendió rápido que la forma más eficaz de sobrevivir a Trump es sobarle el ego. Algunos lo hacen con gestos simbólicos, otros con concesiones mucho más concretas. En América Latina, la devoción ha sido especialmente explícita. María Corina Machado llegó al extremo de regalarle una medalla del Nobel de la Paz, como si el símbolo bastara para limpiar cualquier expediente. En México, el pragmatismo se tradujo en un “regalazo”: 37 criminales de alto impacto enviados a cortes estadounidenses, justo en el aniversario de su regreso al poder. Coincidencias que no lo son. Ofrendas cuidadosamente envueltas en discurso diplomático.
Mientras tanto, Trump ha reconfigurado el tablero internacional a base de amenazas, aranceles y pulsos de fuerza. Ha tensado como nunca la relación con Europa al desempolvar su obsesión por Groenlandia, tratando a Dinamarca y a la OTAN como obstáculos menores en su fantasía geopolítica. Filtraciones de mensajes privados con líderes europeos exhibieron lo que ya era evidente: desprecio, chantaje y una idea rudimentaria del poder basada en quién cede primero. La alianza atlántica, durante décadas columna vertebral del orden occidental, hoy cruje bajo la lógica transaccional del trumpismo.
En lo económico, la política exterior volvió a ser garrote. Aranceles lanzados a diestra y siniestra, sin distinguir aliados de adversarios, como si el comercio internacional fuera una extensión de su campaña permanente. El mensaje es simple: o te alineas o pagas. Los mercados tiemblan, las cadenas productivas se ajustan y la certidumbre global se convierte en un lujo escaso.
En América Latina, la sombra del intervencionismo volvió a alargarse. La extracción de Nicolás Maduro —celebrada por algunos como justicia expedita— abrió un precedente peligroso: Estados Unidos actuando donde quiere, cuando quiere y como quiere. No es solo Venezuela; es el mensaje implícito para cualquiera que incomode. La política exterior de Trump no busca estabilidad, busca demostraciones de fuerza.
En casa, la brutalidad no se disimula. Redadas, detenciones masivas, migrantes tratados como botín político. ICE convertido en herramienta de espectáculo, barrios enteros sitiados para alimentar la narrativa del enemigo interno. La seguridad nacional como excusa para normalizar el abuso.
Y, como telón de fondo, la cercanía obscena con los impresentables de siempre: Putin, Netanyahu y compañía. Autócratas, halcones y líderes que entienden perfectamente el lenguaje de Trump porque lo hablan con fluidez: poder sin ética, fuerza sin límites, impunidad sin rubor.
Un año después, el mundo no está más seguro, ni más estable, ni más justo. Está más cansado. Este primer año se sintió como un siglo. Y la verdadera amenaza no es lo que Trump ya hizo, sino la certeza de que apenas va calentando.





