130 años del Monogram LV: una historia de amor, estrategia y diseño eterno

Este 2026, Louis Vuitton celebra 130 años de uno de los códigos más reconocibles del lujo mundial: su icónico Monogram. Un estampado que hoy vemos en bolsos, maletas, runway shows y colaboraciones pop, pero que no nació como un gesto estético ni como una estrategia aspiracional. Nació como una declaración. Como una forma elegante —y brillante— de decir: esto es original y no se copia tan fácil.

Para entenderlo hay que viajar al París de finales del siglo XIX. Louis Vuitton ya era el maletero de la élite. Viajar con un baúl Vuitton era sinónimo de estatus, y justo ahí empezó el problema: todos querían imitarlo. Primero vinieron las rayas, luego el famoso Damier café y beige en 1888… y también los copiaron. Tan bien, que los clientes ya no sabían si estaban comprando un Vuitton real o uno “inspirado”.

Tras la muerte de Louis en 1892, su hijo Georges Vuitton tomó el control de la maison con una misión muy clara: crear un diseño tan complejo que fuera prácticamente imposible de falsificar a mano. Y así, en 1896, nació el Monogram.

Pero aquí viene lo bonito: no fue solo una estrategia anti-piratería, también fue un acto de amor.

Georges decidió convertir el nombre de su padre en un símbolo eterno. Las iniciales LV entrelazadas se volvieron el centro del diseño, casi como una firma que se repite una y otra vez, asegurando que el legado de Louis viajara por el mundo.

Y no lo hizo solo. París en esa época estaba completamente obsesionado con Japón. El japonismo dominaba el arte, la moda y el diseño. Georges tomó inspiración de los Mon, los blasones familiares japoneses, y de ahí nacieron las flores, los tréboles y las formas geométricas que hoy reconocemos al instante, incluso a metros de distancia.

El patrón quedó definido con cuatro elementos que siguen intactos hasta hoy: el logo LV, la flor de cuatro pétalos sólida, el diamante cóncavo con flor calada y el círculo con flor redondeada. Un diseño equilibrado, simbólico y sorprendentemente moderno para su época.

Y sin saberlo, Louis Vuitton hizo algo revolucionario: llenó todo el producto con su identidad visual. En 1896 eso era impensable. El bolso ya no solo cargaba tus cosas, también decía quién lo había hecho. Branding puro, antes de que el branding existiera como concepto.

El Monogram fue patentado de inmediato y, gracias a su complejidad, las falsificaciones bajaron durante décadas. Además, este estampado originalmente no era flexible. Vivía solo en baúles de madera. No fue hasta los años 50 que se desarrolló el canvas suave que permitió crear íconos como el Speedy, el Noé o el Neverfull.

130 años después, el Monogram sigue aquí. No como una moda pasajera, sino como una mezcla perfecta de amor, estrategia, arte y visión. Un símbolo que no solo representa lujo, sino historia, identidad y permanencia.

Compartir esta noticia
Fernanda Aguilar Barragán

Fernanda Aguilar Barragán